La Familia, Escuela de Valores

Escrito por Web Master el . Publicado en Familia

2013-02-08 - La familia escuela de valoresEl niño es como una esponja que absorbe todo lo que se pone junto a su piel. Si a su lado encuentra cariño, será un niño cariñoso. Si a su lado encuentra vinagre, será un niño amargado. Todo (o casi todo) depende de lo que pongan quienes son responsables de su educación.

Los primeros encuentros de un niño se realizan en el seno de la familia y, más en concreto, en el contacto frecuente con la madre. La madre es la máxima "comunicadora" con el hijo, incluso desde el periodo embrionario, donde el contacto entre ella y el feto es de una riqueza enorme. No faltan estudios que muestran cómo el afecto materno en el periodo de la gestación puede llegar a influir en la vida de quien marcha hacia el esperado nacimiento. Además, desde el momento en el que el feto desarrolla el sentido auditivo, es capaz de escuchar la voz de su madre, y se habitúa al ritmo del latido del corazón, que es, quizá, el origen de nuestro entusiasmo ante los pasodobles y músicas interpretadas según el compás binario... Después del parto, la madre sigue ocupando un papel privilegiado. En muchos pueblos todavía la lactancia se prolonga durante varios meses, e implica un encuentro cara a cara entre ese par de ojos que es un niño de pocos kilos, y la mirada tierna y amorosa, llena de afecto y de esperanza, de quien le dio a luz.

Con el pasar del tiempo los contactos se van abriendo a más personas. No olvidamos al padre, que comparte con la madre las fatigas y sobresaltos de las primeras semanas (y meses) y que besa y ama a quien es el hijo de su esposa... Luego, los hermanos, los abuelos, los tíos y primos... Los lazos familiares van marcando las primeras experiencias y relaciones de quien se abre a la vida lleno de ilusión y con un gran espíritu de "absorción".

Los contactos iniciales marcan de un modo especial la vida de un niño. La generosidad se aprende en el continuo constatar la disponibilidad del pecho de mamá para las horas (más inverosímiles) de comida o cena. La alegría se aprende de las sonrisas que aquí y allá van dibujándose en los rostros de quienes se acercan a la creatura y contemplan sus ojitos sorprendidos e interrogantes. La justicia entra en las propias vidas cuando el niño "descubre" cómo el padre y la madre condividen los trabajos de casa, y cómo se mantienen firmes ante una indicación o mandato que no cambia por más largo que sea el llanto del niño (cuando éste obedece sólo al capricho y no a una auténtica necesidad personal); o cuando ve una coherencia entre lo que dicen sus padres ("es malo ver este programa de televisión", "si fumas te arruinas los pulmones") y lo que hacen.

Desde luego, el desarrollo de la propia vida moral depende de muchos otros factores, y se va configurando a lo largo de los años de la infancia, niñez, adolescencia, primera (y segunda) juventud, e incluso en la misma edad adulta. Pero lo que se ha sembrado en los primeros instantes resulta ser de un valor extraordinario. Por eso una familia que quiera un hijo feliz, un hombre maduro, debe prestar atención a esas primeras etapas, debe tomar conciencia del milagro maravilloso que se opera ante sus ojos: el crecimiento en la vida de un ser que mañana podrá ayudar a otros nuevos hombres y mujeres a ser felices como él lo fue gracias a sus padres.

 

(Por: Fernando Pascual)

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